CONSTRUIR RECUERDOS
CONSTRUIR RECUERDOS
Este fin de semana hemos estado en un concierto al que mi hija menor de 12 años tenía muchas ganas de ir. Habían transcurrido ya meses de aquel día en el prácticamente paralizamos nuestra rutina para conseguir 4 de aquellas codiciadas entradas. En esos momentos en los que uno siente que sucumbe a la ola incontrolable de las masas adolescentes y se sorprende a si mismo pensando “¿Quién me manda meterme aquí?”, hace aquello de... “tripas corazón” y decide no mirar atrás una vez ya tiene el “tesoro” en sus manos, sabiendo que le esperan por delante unos cuantos meses para desconectar del “anhelado” evento. Porque… no nos engañemos, no es lo mismo posicionarse en una cola virtual con la esperanza de conseguir las entradas de tu grupo favorito, que colocarte en modo espera con el pensamiento inconsciente de que si no quedan entradas no pasa absolutamente nada.
Pues bien, una vez llegado el día, he de decir que probablemente se haya convertido en uno de los planazos del verano 2026 en nuestra familia. Ni los 36 grados a la sombra de la sofocante Zaragoza pudieron enturbiar la emoción de nuestros dos hijos momentos antes del concierto. Adolescentes cantando las canciones, vestidos con camisetas de su ídolo y cargados de pancartas con mensajes que pelean por llamar la atención de una mirada furtiva de su cantante favorita, son la munición perfecta para ceder a su entusiasmo y contagiarte del mismo o decidir contar los minutos que faltan para hacer el camino de vuelta. Tú eliges.
Sin ser muy consciente de esto que escribo, nos decidimos por la primera opción. Saltamos y cantamos tan fuerte como todos esos adolescentes que se comen la vida porque la tienen enterita por delante, nos dejamos embriagar por sus ganas de exprimir los instantes y vivirlos como si nada fuera más importante. Pero sobre todo, nos pusimos en ese segundo lugar en el que fueron nuestros hijos los que nos enseñaron lo que para ellos es palpitante, las letras que les emocionan, la felicidad reflejada en sus ojos y lo cierto es que nos emocionamos con ellos.
Al día siguiente me levanté con el mejor sabor de boca. Ese que te dibuja una sonrisa y que te proporciona la seguridad de que ese concierto permanecerá en el recuerdo de mis hijos toda su vida, y ojalá se convierta en un recuerdo flotador que les saque una sonrisa cuando las tormentas ensombrezcan las luces de la vida.
Construir recuerdos con tus hijos también va de esto, de permitir que ellos te enseñen sus pasiones y empaparte hasta los huesos con ellas.


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